Lo reconocimos inmediatamente en cuanto se subió a la micro. Piel tostada por el sol, una mano blanquecina, polera suelta y una mochila desde la cual colgaba una pañoleta tiesa por el agua con bicarbonato. El sonido de la Bip! al validar hizo que todos fijaran su mirada en él e inmediatamente se hicieron a un lado para aislarlo. Se quedó de pié, apoyado junto a uno de los pilares de fierro de la micro que se bamboleaba al pasar por las calles en mal estado.
Se paró a menos de un metro de mí y su mochila a ratos me daba golpes en la espalda. No es algo que la gente pueda evitar en el Transantiago. Más aún, lo realmente notorio, eran las miradas de la gente sobre la micro, quienes se atrincheraron al final de la micro para no estar cerca del "capucha", del que venía de protestar y no desde el trabajo. El silencio era notorio en la micro y las miradas acusatorias eran intensas. A él le daba un poco igual ya que se fue escuchando música con los audífonos puestos y la verdad, es que a mí también me daba lo mismo. Al menos, gracias a él tenía más espacio para estar de pié en el bus.
Varias cuadras más adelante se subió un caballero de notoria edad. Subió muy lento las escaleras, al ritmo que tardarían dos o tres personas en subir. Un caballero moreno por el sol, de blanco bigote y mirada profunda. Vestía camisa y pantalón de tela -como casi todos los abuelitos del mundo- y llevaba un maletín cruzado en su hombro, en el que metió sus ajadas manos para buscar su tarjeta para validar la micro. El conductor no esperó a que validara para cerrar las puertas y seguir su trayecto... en ese momento, algo inesperado ocurrió.
Cual felino atento, el Capucha dio un leve brinco y llegó hasta el principio de la micro, haciendo que las personas sentadas inmediatamente cogieran con fuerza sus bolsos y carteras, una de las personas sentadas incluso se puso de pié sólo por el acto reflejo de entrar a la pelea y evitar un posible robo con sorpresa. La verdadera sorpresa se la llevó él cuando el Capucha sacó su pase escolar y lo pasó por el validador frente a las narices del anciano. El hombre, atónito lo quedó mirando con cara de incertidumbre, a lo que el Capucha le dice "no se preocupe tatita, hoy Chile lo invita". Inmediatamente se giró y miró a la persona que se puso de pié, haciéndole un gesto para que le ceda el asiento. Todo en la micro ocurrió de la forma en que el Capucha lo quiso y el tipo que iba a evitar un asalto, quedó de pié a mi lado por el resto de su viaje.
Gracias, Capucha. Le enseñaste a las personas del bus sobre altruismo, prejuicios y cómo construir un Chile mejor en sólo dos minutos. Queremos a más como tú, tanto en la primera línea como en todas las otras situaciones donde se necesite justicia y empatía.
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